QUÉ BELLA ESTÁ LA PRINCESA (II)

Por sí sola, la música es un vehículo en el que se puede reconocer y mediante el que se puede expresar cualquier sentimiento humano. En el caso de la ópera, que añade la representación escénica a la música, la capacidad de comunicación de esta última se multiplica de modo extraordinario. En el caso de "Salomé", la tensión dramática se va acumulando hasta que estalla de pronto, como un volcán, es sobrecogedora. Ayer vimos una introducción: adentrémonos hoy en el argumento.

Salomé bailando ante el rey Herodes, de Rochegrosse, 1887. Museo de Arte Joslyn, Omaha. Fuente: victorianopera.com

Acto único

Dejad que vuestra imaginación os lleve al espléndido palacio del rey Herodes. Es una cálida noche oriental del año 30 d.de C, y el tetrarca de Galilea celebra una fiesta, a la que asisten su esposa Herodías y Salomé, hija del anterior matrimonio de Herodías con el hermano de Herodes, Filipo. Nos encontramos en la terraza del palacio donde a Narraboth, capitán de la guardia, le llama la atención el aspecto tan extraño, casi fantasmagórico, que tiene la luna esa noche. Narraboth contempla desde lejos a Salomé, de la que está secretamente enamorado: "¡Qué bella está la princesa Salomé esta noche!..." Sin embargo, puede ser peligroso que la mire de ese modo.

De pronto, la serenidad de la noche se rompe por las categóricas frases de condena que pronuncia una voz que proviene aún no se sabe muy bien de dónde. Se trata de Jokanaan (Juan el Bautista), recluido en una mazmorra del palacio por haber condenado públicamente la incestuosa unión de Herodes con Herodías. Herodes, dicen, ha prohibido tajantemente que nadie vea al preso.

Salomé, huyendo de las lascivas atenciones de Herodes, se ha refugiado en la terraza. Narraboth es incapaz de quitarle los ojos de encima... Se escucha de nuevo la voz de Jokanaan, que lanza a los cuatro vientos sus drásticas frases de condena. Salomé queda impresionada por aquella voz profunda y misteriosa... Anhelante, exige ver al recluso, pero los soldados le cierran el paso, pues la prohibición de Herodes es categórica. 

Entonces Salomé recurre a Narraboth, y sirviéndose de sus encantos y del amor que sabe que el capitán siente por ella, consigue que le traigan a Jokanaan. En cuanto le ve, queda prendada de la figura macilenta del profeta, y se obsesiona con la idea de poseerlo. Trata de encontrar un modo de tentarle, de despertar su deseo halagando su vanidad: alaba primero su cuerpo, después sus cabellos... pero Jokanaan no hace sino cortar de raíz las voluptuosas adulaciones de Salomé, que se revuelve como una gata rabiosa cada vez que el profeta la rechaza, y trata en vano de que la muchacha se arrepienta de sus pecados y se convierta. Finalmente Salomé, fuera de sí, le pide a Jokanaan que le deje besar su boca... El profeta, asqueado, se aparta de ella maldiciéndola. Al contemplar esta escena Narraboth, hundido en la más absoluta desesperación, se suicida.

Teresa Stratas y Bernd Weikl, en "Salomé" de Götz Friedrich. Karl Böhm dirige la Wiener Philarmoniker. Año 1974

La sangre de Narraboth, cuyo cuerpo yace inerte en el suelo, hace resbalar y caer a Herodes quien, sin inmutarse, ordena que se lleven el cadáver. Después, se hace servir vino y frutas, que ofrece a Salomé. Pero ella, con el pensamiento únicamente puesto en el profeta, rechaza una y otra vez los intentos que hace Herodes por obsequiarla.

Se vuelven a escuchar las invectivas de Jokanaan. Herodías, que no puede soportar oír a aquel hombre, pide a Herodes que lo mate o que se lo entregue a los judíos. Sin embargo, Herodes se muestra reacio.

Habla de nuevo Jokanaan, y alude a un Salvador del mundo cuya llegada, dice, está ya muy próxima. Unos nazarenos, que también se hallan presentes, describen los milagros realizados por Jesús, el supuesto Salvador al que alude Jokanaan. Nuevos ataques verbales de Jokanaan, en los que predice un negro destino para Herodías, provocan la indignación de ésta, que exige a su marido que le haga callar para siempre...

Herodes está loco de deseo por Salomé y le pide que baile para él. En un principio, la muchacha se niega. Sigue escuchándose la voz de Jokanaan, que continúa lanzando imprecaciones contra Herodías. Herodes insiste a Salomé, una y otra vez; le jura que le entregará todo cuanto ella le pida si consiente en danzar para él... entonces Salomé, iluminada por una repentina idea que brilla en sus ojos como una revelación, al fin acepta, no sin antes advertir a Herodes: "Has prestado un juramento, tetrarca...". Herodes siente sobre él una siniestra presencia, como si un enorme pájaro revolotease sobre su cabeza... un escalofrío le recorre su cuerpo...

Se oyen de nuevo las palabras sentenciosas de Jokanaan. Herodías no quiere que su hija baile, pero se ha convencido de que no puede hacer nada para evitarlo. Herodes no tiene intención de retirarse en tanto Salomé no haya bailado.

Llega el momento culminante de esta magistral obra: la Danza de los Siete Velos. Salomé, que se ha envuelto en sugerentes gasas, danza al son de un sensual ritmo que va "in crescendo", al tiempo que se va desprendiendo de los velos que la cubren, uno a uno...
"Danza de los siete velos" de la "Salomé" de Richard Strauss, en la citada producción de 1974

Cuando finaliza la danza, Herodes, pletórico, pregunta a Salomé: "¿Qué deseas, Salomé? ¡Dímelo!". Y Salomé, ebria de despecho, pronuncia su sentencia: "La cabeza de Jokanaan". Herodes, horrorizado, trata por todos los medios de disuadirla; le ofrece rubíes, esmeraldas, la mitad de su reino si lo quiere... Pero Salomé está resuelta: lo que quiere es la cabeza de Jokanaan, y han de traérsela en una bandeja de plata. Herodías no cabe en sí de gozo; las ofensas que ha recibido por fin van a ser vengadas.

Al fin, Herodes cede. En una escena estremecedora el verdugo, espada en mano, se dirige a la mazmorra donde se encuentra Jokanaan. Desde fuera, Salomé se extraña de que no se escuche ruido de lucha ¿por qué Jokanaan no se revuelve contra su verdugo? Al fin, el ruido de "algo" que cae al suelo... Poco después, aparece de nuevo el brazo ejecutor de la terrible sentencia, portando una bandeja de plata y, sobre ella... la visión de la cabeza de Jokanaan separada de su cuerpo es terrible....

Salomé, cuya obsesión ha llegado a la demencia, toma en sus manos el horroroso trofeo y, pletórica, le dice: "¡Yo vivo, pero tú estás muerto, y tu cabeza, tu cabeza me pertenece!...¡ahora voy a besarla!" Y se entrega a un morboso besuqueo con aquel pobre despojo. La escena resulta repugnante hasta para Herodes, que ordena a sus soldados que aplasten a la princesa bajo sus escudos.

(Fuentes: "Guía universal de la ópera", de Roger Alier y artelista.com)

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